
En esta
ocasión, vamos a desmontar algunos de los estereotipos sobre los indios y su
cultura, o al menos intentarlo. En cuanto a la tan predicada espiritualidad de
los indios, se pueden ver representaciones religiosas de todo tipo por doquier
como comentaba la semana pasada, aunque quizá hay que apartarse del mundanal
ruido de las grandes ciudades como Bangalore para apreciarlo mejor porque desde
luego en el caos de la vida metropolitana toda espiritualidad es pura
casualidad. De hecho, destacaría de la idiosincrasia india la ansiedad por
conseguir las cosas y el nerviosismo en la conducción, en los transportes, con
respecto a la comida, algo que me ha resultado realmente sorprendente dada la
fama de su paciencia y tranquilidad; mi experiencia contradice totalmente este
estereotipo: espirituales sí, en el templo; pero nada de paz y calma en la vida
cotidiana.
En el
momento en que intentas subir a un tren cientos de personas ansiosas empiezan a
empujarse para subirse a la vez, o sino los autobuses locales que son de lo más
concurrido y donde el conductor apenas se detiene para dejarte subir.

Lo que
yo he podido observar en estos meses de la idiosincrasia india es
contradictorio a ojos de un occidental. Los indios se ofrecen a ayudarte hasta
extremos insospechados: para que llegues a tu destino o para que encuentres lo
que buscas. En una gran mayoría de los casos, quizá porque el sur no es tan
turístico como el norte del país, lo hacen de forma altruista a pesar de las
pintas inevitables de turista que acarreamos. No obstante, cuando se trata de
subirse a un medio de transporte o conseguir algo, la cosa se puede poner muy
tensa, en un templo he llegado a ver cómo pegaban a alguien con una caña de
bambú por saltarse las colas y ¡hemos llegado a las famosas colas de espera
indias! En una estación de tren nos se respetan en absoluto, pero sí en los
cines y en los sitios turísticos, aunque siempre con un punto de desesperación
en sus caras por lo largo de la espera. Conmigo en todo momento han sido muy respetuosos,
pero quizá es porque al ser extranjera consideran que tengo un estatus social
superior, y es que desde luego el clasismo y la jerarquización de la sociedad
india es inmenso, se puede ver en el trato a las hermanas, en el trato
proferido por los empleados públicos al resto de la población, ¡en absoluto
parece que estén ofreciendo un servicio! Sino que están por encima de los demás
y así con ejemplos continuos cada día de cómo, aunque las castas estén abolidas
por ley, siguen siendo un lastre para la sociedad.
Esto se
puede ver, sobre todo, en lo que se refiere al reparto de la riqueza y a la
obtención de un puesto de trabajo, pertenecer a una casta baja, los conocidos
como dalits e intocables supone no tener derechos en absoluto en comparación
con las castas más altas. Por ejemplo, en un pueblo en el que estuve cerca de
Dindigal en Tamil Nadur al sudeste del país, el poblado estaba divido por
castas y solo les separaba una carretera, las castas más bajas no pueden tener
perros machos par evitar que dejen embarazadas a las perras de las castas más
altas que viven enfrente. Sin embargo, en algunos lugares la pobreza es tal que
yo misma soy incapaz de reconocer quién pertenece a las castas bajas o tribales
y quien a las castas medias.
Esta
situación parece ir mejorando con el trabajo de organizaciones nacionales e
internacionales, pero el Gobierno mantiene una postura ambigua. Como decía, las
castas están prohibidas por ley, pero las personas tienen un carnet de
identidad donde se especifica con claridad su casta por nacimiento y de la que
no se puede salir de por vida.
Es
necesario conocer bien la mentalidad india para trabajar con ellos, puesto que los
indios consideran, sobre todo si se trata de hindúes, que su nacimiento les
liga de por vida a una casta determinada y creen que poco pueden hacer para
cambiarlo. Por ello, sugerir educación, mejoras en las condiciones de vida y
apoyar para que estas personas alcancen la igualdad de oportunidades es el
mejor trabajo que se puede en India, aunque de momento persista la
discriminación.
Tatiana Villacieros
No hay comentarios:
Publicar un comentario