El 29 de junio de 2025, llegamos a Antananarivo, la capital de Madagascar, dos voluntarios de MADRESELVA, Homero y Fran (yo mismo). Antes de relatar nuestras vivencias, me gustaría compartir algunos datos prácticos que dan contexto a esta aventura.
1. Datos prácticos
1.1
Ivato
Llegamos a Ivato en
Antananarivo, que sería como Barajas en Madrid: un pueblo situado al lado del
aeropuerto, a unos 10 minutos andando. Pasaríamos las siguientes semanas en el
Centro de María Auxiliadora de Ivato, un espacio enorme dividido en distintas
áreas:
- Foyer (hogar de las niñas): allí viven y se forman 56 niñas de entre 5 y 19
años. Muchas provienen de situaciones familiares complicadas: la mayoría no
tienen madre o padre, o viven en familias muy pobres. Durante el curso escolar
(septiembre a junio) residen allí; en julio participan en un campamento de
verano antes de pasar un mes con sus familias.
- Centro de formación profesional (para mayores de
17 años): donde aprenden sobre
turismo, cocina, peluquería, finanzas y demás materias. Algunas de las chicas
del foyer, las más mayores, habían comenzado a estudiar allí, pero la mayor
parte del alumnado eran jóvenes que no viven en el foyer.
- Edificio
de las hermanas: Aquí
viven y trabajan nuestras “ángeles de la guarda”:
·
Sor Dora es
la directora, gestiona todo el centro.
·
Sor Caterina
es una sor italiana de 90 años que llegó hace 40 años a Madagascar y fue una de
las cinco primeras hermanas fundadoras del centro de Ivato. Ahora se encarga de
la cocina.
·
Sor
Crisantine y Sor Olga que se dedican mayormente a gestionar el centro de
formación profesional.
·
Sor Colombe y
Sor Hantatiana que se encargan de gestionar el foyer de niñas.
-Edificio donde viven y se forman las novicias (una novicia es una persona que tomó los hábitos,
pero aún no ha hecho los votos religiosos).
- Residencia de voluntarios. En Ivato
están muy acostumbrados a recibir voluntarios (sobre todo italianos). Durante
todo el año escolar suele haber unos cuatro voluntarios que se dividen entre
dar clases a las niñas, en el centro de formación profesional y a las novicias.
Nosotros coincidimos los primeros días con una voluntaria muy simpática
francesa, y el resto del tiempo estuvimos solos.
- Otros espacios: Aulas de clase, capilla, campo de fútbol, de
baloncesto y huertos.
Es decir, el centro de
María Auxiliadora es una especie de gigantesco oasis donde las niñas malgaches
se pueden formar, vivir felices y sin miedo. Lo llamo oasis ya que la realidad
fuera del centro es muy diferente. Madagascar está entre los 5 países más
pobres del mundo. Fuera del centro se ve mucha pobreza, contaminación,
desnutrición y niños muy pequeños trabajando.
A unos 8 minutos andando
se encuentra el centro de don Bosco de Ivato (gestionado por los salesianos),
que es aún más grande que el de María Auxiliadora (que también gestionan) y es
donde están los chicos. Los domingos hacen un Oratorio abierto a todos los
niños de Ivato, y nosotros íbamos con las niñas del foyer, era algo muy
divertido.
1.2
Organización
Nuestro cometido para las
siguientes semanas sería participar en el campamento de verano. Durante esas
semanas, nuestro día a día se organizaba así:
-A las 7:00 desayunábamos en el centro de las
hermanas de María Auxiliadora.
-A las 8:00 nos juntábamos con las niñas. Para
el campamento de verano, las habían dividido en cuatro grupos equitativos: cada
grupo estaba formado por 14 niñas repartidas de manera que en cada equipo
hubiese un número similar de niñas de la misma edad. Iban ganando puntos (por
grupo) por portarse bien, ganar en los juegos que se irían haciendo durante el
campamento…… y el equipo ganador se llevaría un premio sorpresa al final del
verano.
Cada mañana, los grupos
cantaban y bailaban el himno que habían inventado para su equipo. La verdad es
que se lo curraban un montón y cada día metían algún cambio, (se ponían algo
distinto en la cabeza, se pintaban las caras, hacían pancartas …): un completo
carnaval de originalidad. Era genial comenzar el día con esa descarga de
energía y felicidad; las niñas se lo pasaban genial montando el espectáculo
mañanero y no lo vivían como una competición, celebraban juntas los progresos
de cada grupo. Aparte de los himnos de cada grupo bailaban (bueno, bailábamos)
unas cuantas canciones.
-De 8:30 a 11:30 (con un descanso en medio) se desarrollaban las
actividades de la mañana: había 5 actividades diferentes: bricolaje, taller de
costura y taller de hacer pulseras para las más pequeñas y francés o español
para las grandes. Homero (el otro voluntario) era
profesor de francés y yo de español.
-A las 12:00 comíamos con las hermanas o con
las niñas.
-De 14.30 a 16:30 se hacían las actividades de la tarde que eran
distintas cada día:
·
Los miércoles
y viernes era el día del aseo y se dedicaban a lavarse y hacerse las trenzas
unas a otras.
·
El resto de
días, unos días se jugaba al baloncesto y al futbol y otros se hacía juegos
especiales como jugar al banderín o competiciones por grupo de bailes.
-A las 17:00 más o menos se les daba la
merienda y se rezaba el rosario.
-A las 18:00 las niñas solían ver una
película.
- A las 19:00 cenábamos con las hermanas o con
las niñas.
Coreografias mañaneras por grupos
Las niñas
haciendo deporte
Bueno, después de haberos
contado todo este rollo para situaros un poco, quiero compartir mi experiencia
personal como voluntario. Lo he organizado en varios capítulos, y todos siguen
la misma estructura: os hablo de las dudas o “miedos” que tenía antes de
empezar, y cómo se fueron resolviendo una vez que ya estaba inmerso en la
experiencia.
2. Dudas que tenía antes de
llegar a Ivato y cómo se resolvieron
2.1
¿Qué voy a hacer allí?
Antes de llegar a
Madagascar a uno le abordan las dudas existenciales, especialmente cuando me
pasaron los horarios que os acabo de describir. Yo pensaba para mis adentros:
¿El día terminará las 19:00? ¿Qué haré yo por la noche? ¿Me aburriré? ¿Solo
daré dos horas y media de clase? ¿Aprenderán algo? Cuanto tiempo libre hay
entre las actividades…. ¿Qué hago yo en esos tiempos?
Bueno pues todos estos
miedos que tenía se disiparon rápidamente al llegar a Ivato. Inocente de mí, me
había imaginado que iba a estar mucho tiempo sin nada que hacer. ¿Tiempos
libres entre actividades? No existen, jajaja. Según sales de dar la clase, las
niñas te lanzan un balón y te pones a jugar con ellas, o quieren que las ayudes
a hacer una pulsera o simplemente quieren hablar contigo de cualquier cosa. Son
como un torbellino de colores que no sabe quedarse quieto, solo quieren que
jugar todo el tiempo. Están en la flor de la vida y toda esa energía se
contagia, tanto es así que disfrutas pasando todo el día con ellas.
En mi mente me había
preguntado si me costaría hacerme con ellas, y bueno, la realidad es que son
las niñas las que se hacen a ti. A las 18:00 cuando se van a ver la película,
te agarran de la mano y te dicen que vayas con ellas. Se meten las 56 niñas en
una sala y en un ordenador portátil ponen una película en malgache.
Evidentemente yo ni papa de malgache y debo reconocer que alguna vez me quedé
dormido mientras la veía. Aun así, era muy divertido observar cómo se reían y
también me parecía muy tierno que me quisiesen integrar en todas las
actividades que hacían.
En el parque de diversiones
Imaginaba que desde las 20:00 tendría tiempo para mí, para poder leer o escribir (tenía pensado ir escribiendo este relato diariamente, pero no he empezado a escribirlo hasta la vuelta a España). Sin embargo, la realidad es otra, según llegaba a mi habitación caía rendido. Me iba agotado a la cama; no lo digo como un pesar, la intensidad del día compensaba cualquier cansancio.
Los fines de semana
también estábamos con las niñas, y algunos días se organizaron pequeñas
excursiones. Una vez fuimos a una especie de parque de atracciones con
atracciones de madera súper viejas; podía parecer antiguo, ¡pero para ellas era
como estar en Disney! Se subían a todo, gritaban de emoción, corrían de una
atracción a otra... Ese día fue simplemente inolvidable, me sorprendió ver cómo
su entusiasmo era capaz de transformar un espacio modesto en un lugar mágico.
2.2
Ser profesor de español,
mi tarea encomendada.
Yo no soy profesor, y la
verdad es que tenía bastante miedo de cómo se me daría dar clases. Antes de ir
a Madagascar había estado yendo los viernes por la tarde al centro de María
Auxiliadora de Emilio Ferrari. Allí no impartía clases de ninguna materia, solo
estaba con los niños jugando en el oratorio, y junto con otros animadores
organizábamos los juegos y estábamos pendientes de los niños. Fue una
experiencia muy buena que me ayudó bastante cuando llegué a Madagascar. Allí
comprendí lo difícil que es gestionar un grupo de niños; son muy movidos y a mí
me costaba bastante ponerme serio para que me respetaran e hiciesen caso.
Cuando empecé a dar las
clases de español me quedé sorprendido, ¡las niñas se portaban bien! Qué
maravilla, bueno, por lo menos los primeros días jajaja.
Tenía 9 alumnas de entre
14 y 18 años: Sanda, Valérie, Josephine, Mampionona, Lahatra, Miarintsoa,
Eulalie, Anita y Bernadette. Me costó bastante aprenderme sus nombres. Sobre
todo, porque se pronuncian distinto a como se escriben.
Pronto comprendí que las
niñas estaban en un campamento de verano. Es decir, después de todo un curso,
de septiembre a junio, lleno de clases, en julio lo que más les apetecía era
divertirse. Pero por otro lado yo quería que aprendiesen todo el español que
nos diese tiempo. Ellas nunca lo habían estudiado: en el colegio aprendían
francés (junto con el malgache, lengua oficial de Madagascar) e italiano. Yo me
comunicaba con ellas en francés.
Así que me vi en el reto
de hacer las clases lo más amenas posibles. Lo que hacía es que la primera
mitad de las clases metía más materia, y en la segunda parte ya nos dedicamos a
hacer juegos y manualidades en los que tenían que hablar en español.
También llevé varios
experimentos científicos que realizábamos siguiendo las instrucciones en
español. Consiguieron montar un
ventilador solar, un ascensor hidráulico y una maqueta que representaba el
movimiento del sol, la tierra y la luna. ¡Estoy convencido de que
en esa clase había alguna futura ingeniera! Para mí era un reto preparar la
clase del día siguiente, me las tenía que ingeniar para no perder su atención.
Jugando y
aprendiendo
Como ya os he explicado
las niñas se portaban bastante bien (mejor que los niños de su edad en España
jajaja), pero claro son adolescentes y están en esa edad que como te despistes
te la lían. Hubo varios días que me costó bastante hacerme con la clase.
Aun me acuerdo de que en
un descanso subí a mi habitación a evadirme un poco de la clase que me estaban
dando y ahí ver a Homero (el profesor de francés), comiendo chocolate y con la
mirada en el otro mundo. Cuando se dio cuenta de mi presencia, me dijo, “hoy se
están portando muy mal”. A mí me entró la risa, ya que ese día yo me encontraba
con el mismo problema. Fue una suerte
compartir con Homero mi voluntariado, compartimos muchos momentos divertidos
junto a las niñas y nos apoyábamos en los problemas de las clases.
Ese mismo día, me estuve
comiendo el coco toda la noche, me fui para la cama pensando que es normal que
estuviesen nerviosas, ya que en unas semanas se volverían con sus familiares y
no a todas les apetecía ir con ellos.
El caso es que es algo
que ya sabes antes de llegar allí, lo sabes de sobra, pero… ¿qué pasa? Pues que
se te olvida. En la vorágine de dar
clase se te olvida que son niñas que han sufrido mucho. Hay un gran contraste
entre la alegría que ellas muestran y la dureza de sus realidades. Durante todo
mi voluntariado vi muy pocas veces a una niña llorar o discutir fuertemente.
Son felices en el foyer, y entiendo que estén inquietas antes de partir.
A los pocos días una
alumna me pasó un texto que había escrito ella en francés y que quería que la
ayudase a traducirlo al español:
“Yo me llamo ………. , tengo 16 años.
Estoy en una clase con otras chicas
como yo.
Yo soy una chica que siempre está
sonriendo, soy tranquila y afronto la vida con coraje.
En mi vida han pasado muchos
problemas y tristeza, pero también felicidad. En mi mente no concibo el
abandono y lo considero un gran error.
El mayor defecto de las personas es
el egoísmo.
Me gustaría ser doctora o abogada.
Algún día, quizás, encontraré una
persona con la que compartir mis secretos.
Todos los días le pido a Dios que me
de salud, felicidad para mis amigas, que ayude a mis familiares y a mis
beneficiarios.
Martes 15 de julio de 2025 “
Este tipo de cosas te
dejan el corazón helado. Piensas en las sores que están todo el año
educándolas. Debe ser muy difícil encontrar el equilibrio entre conseguir que
las niñas te respeten y aprendan en la clase y a la vez hacerlas sentirse
valoradas y queridas, que bien falta les hace.
2.3
¿Qué tal me llevaré con
las sores?
Otra de mis dudas era
cómo será la relación con las hermanas salesianas, ¿me dejarían libertad a la
hora de hacer mis labores como voluntario?, ¿serían muy serias?, ¿nos
entenderíamos bien?
En el curso que hice con
Madreselva traté con varias hijas de María Auxiliadora y la verdad que tuve un
trato estupendo, pero como iba a un continente nuevo…una nueva cultura… tenía
mis dudas sobre qué tal serían mis relaciones con las personas adultas con la
que trataría en mi voluntariado.
Pues bien, las hermanas
están hasta arriba de trabajo, y en las horas de comer y cenar, que son las que
mayormente compartía con ellas, lo único que querían era reírse y dispersarse
un poco de sus duras jornadas de trabajo.
Durante casi todo el
tiempo que estuve en Ivato no hubo electricidad, es decir, que nos movíamos con
velas o linternas en las horas de oscuridad; esto daba un toque muy íntimo a
las cenas que pasábamos juntos. Hablamos sobre las locuras que habían hecho las
niñas esos días, también comparábamos cosas que solo pasan en Madagascar con
cómo serían en España…. Los primeros días quizás algo más cortado, pero cada
semana que pasaba mejor lo íbamos pasando e íbamos creando nuestras propias
muletillas y bromas diarias. Guardo un recuerdo muy bueno de la relación con
las hermanas.
Sor Dora es colombiana, y
ella agradecía mucho tener con quien poder hablar alguna vez en español. La
verdad que ella se portó muy bien con nosotros y nos ayudó en todo lo que
necesitábamos.
Sor Caterina es una
persona muy entrañable e incombustible. Tiene un sentido del humor muy agudo y,
aun teniendo 90 años, no para en todo el día. Ha estado la mayor parte de su
vida en África como misionera, trabajando como enfermera. Ahora es ella la que
cocina, y la verdad que lo hace genial.
Sor Colombe, Sor
Hantatiana, Sor Crisantine y Sor Olga son mujeres excepcionales, cada una con
su esencia única: dulzura, paciencia, alegría y serenidad. Siempre atentas a
cualquier cosa que pudiera alegrar el día, creaban un ambiente cálido y lleno
de risas.
Personalmente, quedé muy
contento de conocer un poquito de dos mundos distintos, el mundo de las niñas
del foyer y el de las hijas de María Auxiliadora. Hay que tener una vocación
muy grande para dedicarse a cuidar de las personas más vulnerables, sobre todo
en países como Madagascar, donde hay tanta gente que necesita ayuda.
También tenía dudas sobre
la responsabilidad que me iban a dar. Tenía miedo de ir allí y que solo pudiese
ayudar en tareas secundarias y no estar muy en contacto con las niñas. Pues
bien, todo lo contrario; me dieron mucha responsabilidad, que acepté de muy
buena gana. La clase de español era completamente para mí. Siempre estaban
atentas por si pasaba algo, y los primeros días se acercaron la clase a ver qué
tal se portaban las niñas, pero luego me dieron cuerda libre. ¡Fue una
experiencia genial!
Con las hermanas
2.4
Ser un hombre voluntario
¿Cómo sería el trato con
las niñas siendo un hombre? ¿Preferirían estar con voluntarias en vez de
voluntarios? Al principio me surgían estas dudas, pero pronto me di cuenta de
que las niñas estaban encantadas con la llegada de los dos nuevos voluntarios y
nos aceptaron con total naturalidad.
Participar en su día a
día me permitió poner mi granito de arena para romper algunos estereotipos. Yo
me lavaba la ropa a mano junto con ellas, las acompañaba al mercado cargando la
cesta de la compra, las ayudaba a hacer pulseras…. Ellas me miraban con curiosidad
y se reían, sorprendidas de ver a un hombre realizando tareas que en la
sociedad malgache suelen considerarse exclusivas de las mujeres.
Esa experiencia me hizo
sentirme muy orgulloso, no solo por la cercanía que logramos crear, sino
también por la oportunidad de mostrar con el ejemplo que las tareas domésticas
no tienen género. Espero que este tipo de vivencias les ayuden a reflexionar y
comprendan que, si algún día tienen pareja, no deberían asumir que siempre
serán ellas quienes carguen con todas las responsabilidades del hogar.
2.5
¿Me sentiré útil?
Llegar a un país con
tanta pobreza y pocas oportunidades puede ser abrumador. Al principio uno se
pregunta si lo que hace sirve de algo. Tuve la suerte de estar en el centro de
niñas de María Auxiliadora. Aquí las niñas tienen casi todo lo necesario: comida,
educación, juegos y protección.
Durante la última semana
viajamos por Madagascar y vimos la otra realidad. En los pueblos, los niños
corrían descalzos por los caminos, felices de saludarte, aunque apenas tuvieran
ropa en buen estado. En los mercados, familias enteras vendían unas pocas
verduras sobre sacos en el suelo, con la esperanza de ganar lo justo para el
día. Incluso en la capital, era imposible no fijarse en los niños que dormían
en la calle o pedían algo de comer.
Por otro lado, en ese
mismo viaje, visitamos un centro donde personas con discapacidad elaboraban
manualidades para vender. Allí conocíamos a una joven que nos contó que había
crecido en un foyer parecido al de Ivato. Me llenó de esperanza verla tan bien:
había estudiado turismo y hablaba inglés, francés, malgache y hasta unas
palabras de español. Fue una prueba de que, pese a las dificultades, siempre
hay caminos posibles hacia un futuro mejor.
A la pregunta ¿me sentí útil? Yo respondería
que sí. Enseñar un idioma nuevo, sobre todo cuando es tu lengua materna, es muy
agradecido, ya que ves avances rápidamente. Ver cómo progresaban cada día, cómo
se sorprendían de aprender algo nuevo y cómo se sentían orgullosas de sí
mismas, me dejó muy satisfecho. Quizás, con suerte, haya sembrado una pequeña
semilla para que alguna continúe estudiando español.
Además, durante algunas
tardes enseñé a Sor Dora a usar herramientas digitales y un poco de
inteligencia artificial para agilizar su trabajo. Hay muchas maneras de ayudar
y hay que estar atento a encontrarlas.
2.6
La temida despedida
Durante los testimonios
que nos dieron antiguos voluntarios de Madreselva, nos hablaron varias veces de
que la despedida suele ser muy triste.
En mi caso, la despedida
fue diferente. Yo estuve durante todo el campamento de verano y cuando acabó
fueron las niñas las que se fueron; es decir, fue una experiencia completa con
inicio y fin, tanto para mí como para ellas. Las protagonistas de la despedida
eran ellas y no yo, y eso me tranquilizaba mucho.
La despedida tuvo varias
etapas:
-Primero fue el fin de las clases de español.
El penúltimo día les puse
un examen de todo lo que habían aprendido. Lo hice en plan súper serio, y les
dije que al día siguiente le daría las notas y un diploma a las que hubiesen
aprobado.
Dividí el examen en
cuatro partes: gramática, escuchar un audio y responder preguntas sobre él,
otra parte en las que les hacía preguntas individuales y me tenían que
contestar y finalmente una pequeña redacción. ¡Vamos un examen nivel A1 de una
escuela de idiomas! Las niñas estaban un
poco descolocadas con tanta formalidad, pero me sirvió para que estuviesen
atentas y se lo tomasen en serio.
La verdad que he quedado
muy orgulloso de todo el español que han aprendido. En pocas semanas han
aprendido un montón, ¡son muy inteligentes y muestran mucho interés!
Con los títulos
de español
-La fiesta final de fin de curso
La fiesta final de curso
fue un día genial. Las niñas estaban súper animadas, aparte de las manualidades
que habían preparado en los cinco talleres, también habían preparado bailes,
obras de teatro y canciones. Fue una tarde súper divertida. Se nos hizo de
noche y seguimos con música y bailando.
Ese día también se
descubrió cuál era el grupo de niñas que había quedado primero. El premio
consistía en ropa deportiva y vestidos: todas las niñas se llevaron ropa para
sus casas, pero elegían primero las que habían ganado más puntos. Toda esa ropa
provenía de donaciones, la mayor parte de Madreselva y de la ONG Red de
Deporte.
El momento más emotivo se
vivió cuando Sor Caterina salió a ver los espectáculos de las niñas. Ella
apenas sale del centro donde están las sores, ya es muy mayor y le cuesta
moverse. Fue muy bonito ver cómo las niñas sienten tanto cariño a esta mujer
que lleva 40 años trabajando por la infancia.
Sor Caterina
escoltada por las niñas
Manualidades
hechas en la clase de español
Las niñas
haciendo sus performances
-La verdadera despedida de las niñas
El último sábado fue un
día muy especial y también un poco agridulce. Poco a poco, los familiares
comenzaron a llegar para llevarse a las niñas. Algunas volvían con su abuela,
otras con su hermana mayor, su hermano, su tío… y algunas, muy pocas, con su madre.
Se notaba en sus miradas que venían de familias humildes.
Algunas niñas, cuyos
familiares vivían muy lejos, no habían recibido visitas otros años, así que las
sores se encargaron de acompañarlas durante la semana para que pudieran
reunirse con ellos. Todas se fueron, menos una: pobrecilla. Esa tarde la
pasamos con ella, y, sorprendentemente, estaba tranquila. Me imaginaba que algo
así pasase en España y lo encontraba inconcebible. Es doloroso pensar que,
siendo tan pequeñas y en una etapa tan frágil de la vida, algunas estén tan
poco acompañadas por su familia. El consuelo fue saber que las hermanas la
llevarían unos días más tarde con sus familiares.
Pasamos la tarde jugando,
merendando y contándonos historias con la niña que quedó. Su tranquilidad me
conmovía y me hacía reflexionar: ¿era parte del carácter de los malgaches, o
simplemente resignación? Siempre he creído que no se puede generalizar sobre
nacionalidades: cada persona es un mundo, pero sí que me atrevería a decir que
en Madagascar son pacíficos, y aun estando en pobreza extrema, no pierden la
sonrisa.
3. Conclusión
Mi experiencia como
voluntario en el Centro de María Auxiliadora de Ivato ha sido, sin duda, una de
las vivencias más intensas y enriquecedoras de mi vida. Lo que al principio
parecían dudas e incertidumbres se transformó en aprendizaje, afecto y momentos
inolvidables junto a las niñas y las hermanas. La experiencia superó ampliamente mis
expectativas, y además me encontré con reacciones en mí mismo que me
sorprendieron:
- ¡Ser voluntario rejuvenece! Estar
todo el día con niños hace que acabes aniñándote un poco: hablas de manera más
infantil, pierdes el miedo a jugar o bailar, y hasta te sorprendes riéndote por
cosas que antes te parecerían infantiles. Es como volver a ser niño otra vez,
con esa mezcla de inocencia, curiosidad y alegría por las cosas más simples. Me
gustó mucho tener esa sensación.
-Hay que tener cuidado con las
comidas de coco. Durante el tiempo que duró mi voluntariado, todo giraba en
torno al centro de María Auxiliadora. Yo lo comparaba con “Gran Hermano”:
siempre estabas con la misma gente, compartiendo los mismos espacios, y
cualquier pequeña relación o conflicto se magnificaba hasta niveles
inesperados. La convivencia es intensa: los momentos felices se sienten enormes
y los problemas, aunque sean pequeños, pueden parecer grandes. La mayor parte
del tiempo todo iba muy bien, había risas, juegos, proyectos y momentos entrañables,
pero si algún día te sentías un poco más débil o cansado, cualquier pequeño
inconveniente se quedaba dando vueltas en tu cabeza como un disco rayado.
Creo que, si te quedas más tiempo (mi voluntariado duró un mes solamente),
tendrás la necesidad de buscar válvulas de escape como las que tendrías en
España: momentos o lugares donde desconectar un poco y recuperar energía, aunque sean pequeños.
-El voluntariado engancha. Como
ya comenté anteriormente, después de que las niñas se marcharan, aproveché para
hacer un pequeño viaje por Madagascar. Mi vuelo de regreso a España salía un
lunes, así que el domingo decidí volver a pasar por Ivato. Nada más llegar, las
hermanas me dijeron que esa tarde había oratorio en Don Bosco. Yo pensaba que
ya se habían terminado, así que fue una sorpresa. Me miré con el otro
voluntario y, casi al unísono, dijimos: “¡Vamos!”. Salimos casi corriendo, como
dos niños pequeños que no quieren perderse la fiesta.
Aunque no estuviesen las niñas con las que había estado todo el campamento,
allí pasamos la tarde jugando con algunos de los niños que ya conocíamos. Y lo
curioso fue darme cuenta de mi propia reacción: estaba tan feliz como ellos. El
oratorio siempre me había parecido un lugar especial, pero en ese momento
comprendí que había dejado en mí una huella mucho más profunda de lo que
imaginaba.
-Desconexión. En mi día a día
en España vivo pendiente del reloj, con las jornadas perfectamente organizadas
y los fines de semana también llenos de planes. Aunque el voluntariado fue
intenso y terminaba cada noche agotado, reconozco que me sirvió para
desconectar por completo.
Compartir tiempo con las niñas, estar sin electricidad y caminar en
chanclas o incluso descalzo me hizo sentirme más cercano a lo esencial. Y
en esa simplicidad descubrí una libertad distinta: la de no estar atado al
tiempo ni a las prisas, y de sentir que lo esencial se encontraba en los
momentos compartidos con los demás.
-Que no me toquen a mis malgaches!
Acabas cogiéndoles un cariño que no
se puede explicar con palabras. Ahora,
cuando veo algo relacionado con Madagascar, siento una mezcla de ternura y
nostalgia, y me detengo a mirar con más cuidado, con la esperanza de que sean
buenas noticias. Son
buena gente, llenos de alegría y resiliencia, y siento que merecen todo lo
bueno que la vida pueda darles.
MISAOTRA! (GRACIAS) MADAGASCAR!
En el fondo, lo que más
me conmovió fue entender que yo había ido allí pensando que iba a dar, y al
final lo que recibí fue infinitamente más.